Ifigenia

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Pero tan fino era el cuidado que yo tenía en ir poniendo la leche entre los labios exangües, que la puerta se abrió, se cerró, sonaron unos pasos, y por un instante más seguí abstraída sin apartar los ojos de aquellos labios sin vida que ya no saben hablar. Al fin levanté la vista, y entonces… ¡ah!… ¡fue entonces cuando vi que junto a la cama, erguido frente a mí, tan esbelto, tan delgado, tan fino de silueta, estaba él… sí… él… ¡Gabriel Olmedo! Y claro, como yo estaba algo despeinada, y como de tanto sostener la cabeza de tío Pancho, el kimono se me había entreabierto un poco sobre el seno, me llevé primero la mano a la cabeza para arreglarme el cabello, pero luego me pareció mejor arreglarme primero la bata, y de la indecisión entre los dos movimientos mi mano tropezó con la cucharita que estaba dentro de la taza, y la cucharita saltó como una flecha, hizo un reguero de café con leche sobre toda la cama, fue a dar en el suelo con un escándalo terrible de plata contra el cemento, y yo, mirando el reguero de café, y mirando la cuchara en el suelo, y mirando mi kimono entreabierto, y mirándolo a él, me puse temblorosa y me puse encendida como la grana. El entonces, caminó unos pasos, recogió la cucharita del suelo y con una sonrisa que tenía mucha burla, y que era muy brillante y muy blanca de dientes, y con una mirada que tenía mucha risa y que era muy brillante y muy negra de ojos, y con su metal de voz tan… tan… ¡bueno!… aquél mismo metal de entonces, dijo:


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