Ifigenia

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—¡Se comprende que no tiene mucha práctica de enfermos, la enfermera!

Afortunadamente, en aquel mismo instante llegó tía Clara y me ayudó en el conflicto del café con leche. Yo entonces me levanté de la cama, y mientras me arreglaba el pelo y me arreglaba el kimono, Gabriel se acercó a mí, y volvió a decir en voz baja, y con la misma expresión con que había hablado antes:

—¿Y a mí, no se me saluda ya, María Eugenia?

Yo sonreí por fin, tendiéndole mi mano. Él la tomó en la suya, y entonces a la suya la sentí en la mía, tan larga, tan fina, que al mirarlas a las dos unidas en el aire, mis ojos recordaron al momento la mesa de Mercedes Galindo, cuando aquella misma mano nerviosa y larga, sin vellos y sin solitarios, se extendía a veces sobre el mantel, junto a mi mano, y eran las dos tan iguales y tan finas, que, sobre la blancura del mantel y entre la blancura de los platos, venían a ser como una azucena grande junto a una azucena chica en un campo de blancas azucenas.



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