Ifigenia

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Tía Clara, que estaba muy agradecida y muy satisfecha, vino a buscarme, me llevó a un rincón del cuarto donde no pudiese oír tío Pancho, y me refirió entonces que en la mañana, mientras yo dormía, Gabriel había venido de visita. Hablando, hablando, ella le había referido cómo dada aquella intensa gravedad, el Doctor nos había aconsejado que buscásemos un practicante que no se alejara nunca de la casa; cómo le habíamos llamado ya, y cómo en la actualidad esperábamos a que llegara de un momento a otro. Y tía Clara, conmovida, exagerando muchísimo el buen corazón y la bondad de Gabriel, añadió que, al oírla, él había contestado al punto diciendo que dada su gran amistad con tío Pancho, no sería nadie, absolutamente nadie más que él mismo, en persona, quien hiciera las veces de ese practicante. Y cada vez más conmovida, tía Clara acabo diciendo:

—Acepté su ofrecimiento, María Eugenia, porque me pareció que lo hacía con muchísima sinceridad y con muchísimo cariño… Además, aunque no ejerza, es un médico graduado, y siempre: ¡claro! un médico graduado es muchísimo mejor que un estudiante… ¿no te parece?

Sin comprender la causa, ante aquella noticia de tía Clara, sentí que por toda mi alma, junto a un gran espanto, se estremecía una inmensa alegría, y pensando: «¿Cómo puede el espanto crecer junto a la alegría?», le contesté a tía Clara sin saber de mis palabras:


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