Ifigenia
Ifigenia —¡Pues me parece muy bien!…
Y al punto fui a dar las gracias a Gabriel por tanto cariño y tantÃsima bondad. El escuchó atento, con su mirada en mi boca, suavemente complacido, como se escucha la música, y contestó muy amable:
—Es lo menos, y es lo último que puedo hacer por él… y también por usted, MarÃa Eugenia.
Y como le preguntase con la misma ansiedad la misma pregunta que he hecho ya tantas veces a los demás médicos, moviendo tristemente la cabeza me contestó con sincera melancolÃa:
—¡Esperanzas… no!… ¡No hay esperanzas!
Y mientras decÃa asÃ: «¡no hay esperanzas!», no sé por qué me pareció, que al hablar de la vida de tÃo Pancho, Gabriel hablaba al mismo tiempo de otra cosa.