Ifigenia

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¡Ah! es que anhelaba tanto hablar con alguien… Sí… con alguien que fuera capaz de comprender estas cosas sutilísimas que no se pueden decir y que sólo comprenden las poquísimas personas que comprenden. Tía Clara no comprende nada; y Gregoria, que lo comprende todo, está siempre ocupada allá por la cocina o por el corral hirviendo aguas y lavando ropas. ¡Sí! Yo quisiera que alguien se asomara en mí, y me dijera luego qué tamaño tiene la ansiedad inmensa, que tan inmenso abismo me ha abierto, dentro del alma. Esta ansiedad viene sin duda de la falta de sueño… sí… ¡es claro!… como no duermo y no sueño, y siempre estoy en vela parece que soñara despierta, y que despierta estoy dormida, sin más tensión en el alma, que esta tensión que vive siempre en acecho, erguida y temblorosa, escuchando los pasos de la muerte, que camina, y camina, y camina, siempre cerca, y siempre, siempre, sin llegar a llegar…

Como de costumbre tía Clara se fue hoy muy temprano a comulgar por tío Pancho y a estarse un rato con Abuelita. También se marchó la enfermera por yo no sé qué historia que le ha ocurrido a uno de sus hijos. Cuando vi que la enfermera se iba, yo me inquieté muchísimo, pero Gabriel me dijo:

—Déjela que se vaya, María Eugenia. Y si no vuelve: ¡que nunca vuelva! No se necesita. Aquí estoy yo para todo.


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