Ifigenia

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CAPÍTULO III

El miércoles al mediodía

AHORA ESCRIBO EN LA MAÑANA, con luz de sol, pasos que pasan en puntillas, suave cerrarse y abrirse de puertas, y el zumbar perseverante de una mosca que ya me tiene loca.

Son las once en punto. Fue con el pretexto de dormir como vine a encerrarme sola en este cuarto. Hará diez minutos que vine. Fue al entrar tía Clara de la calle. Al entrar tía Clara se me quedó mirando muy fija, y mientras se quitaba el velo y lo doblaba, y le clavaba los alfileres, me dijo por dos veces:

—Vete a descansar un rato, María Eugenia, que ahora me quedo yo.

Y me vine sabiendo que no venía a dormir. Estoy tan nerviosa, que así como no puedo dormir en la noche… ¡claro!… mucho menos aún puedo dormir en el día. Y sin embargo, sin sueño ni nada, después que me habló tía Clara, me salí del cuarto y me vine… no sé por qué… ¿por qué me vine?… ¿No es una indiferencia y un egoísmo y no es también un absurdo esto de ponerse a escribir tonterías cuando a unos pasos más allá de nosotros hay un enfermo que se muere?


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