Ifigenia

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Y desde las siete de la mañana, al cuidado de tío Pancho, me he quedado yo sola con Gabriel!

¡Ah!… ¡y qué bueno es Gabriel! Yo no sabía que fuese tan bueno. Para cuidar a tío Pancho tiene cariños de hijo, y tiene la finura de los médicos buenos que, como las Madres, adivinan todas las delicadezas que hay en el alma pequeñita de los enfermos.

Y además… ¡qué blanco es Gabriel! Tampoco lo sabía… no… nunca me había fijado. A juzgar por su cara lo creía más bien moreno, pero no, es blanco, blanco, blanquísimo. Y como es tan limpio, y como está siempre tan cuidado y tan pulcro, parece aún más blanco… Sí… Gabriel tiene una limpieza brillante y luminosa. Será por eso tal vez que no se pone jamás ni sortijas con brillantes, ni alfileres de corbata con brillantes, ni gemelos con brillantes, ni nada, nada, con brillantes; no, Gabriel no se adorna sino con su limpieza que brilla… ¿Por qué brillará tanto la limpieza de Gabriel?





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