Ifigenia

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Esta mañana muy temprano, al ir a preparar una inyección de las que continuamente se le ponen a tío Pancho, Gabriel comenzó a doblar hacia arriba los puños de su camisa de seda. Doblando, doblando, se dejó los brazos desnudos casi hasta el codo, y llamaron mi atención porque son blancos, como mis brazos, y como los brazos de Abuelita que también es muy blanca… Y recuerdo que un instante después, mientras él clavaba la inyección en la espalda de tío Pancho, yo que lo ayudaba muy de cerca con el yodo en la mano derecha, y con el algodón y el agua colonia en la mano izquierda, observé de nuevo que al inclinar mucho la cabeza, el cuello de su camisa se distanciaba algo de su propio cuello, y entonces vi por segunda vez, cómo bajo el pelo negrísimo, y entre las dos orejas transparentes y rojas, su nuca era mate y blanquísima, lo mismo que los brazos. Por cierto que mirando los dos cuellos de Gabriel, es decir el suyo y el de su camisa, nos ocurrió a ambos un pequeño accidente, que de poco más resulta peor que mi accidente de anteayer cuando la cucharita y la taza de café con leche.






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