Ifigenia

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Y fue que, después de mirar la nuca de Gabriel, y comprobar que tenía el mismo blanco mate de los brazos, me puse a considerar la tramada finura de su camisa de seda, y mirándola pensé: «Se ve que a Gabriel, también le gusta como me gusta a mí, esto de sentirse la seda muy cerquita de la piel». Al punto me puse a enumerar mentalmente todas las camisas que se ha puesto Gabriel en los dos días que tiene aquí asistiendo a tío Pancho. Recordé que le había visto: la de seda cruda: una; y la de seda blanca con rayitas azules: dos; y la otra igual, pero con rayitas lilas: tres; y la otra con cuadritos verdes: cuatro; y por fin la blanca de hoy: cinco. Y como por todo eran cinco camisas en menos de tres días, volví a reflexionar y me dije: «Pues Gabriel que es ahora tan rico, tendrá por docenas y docenas estas camisas de seda japonesa que es la seda más fina que se hace…». Y cuando más absorta me encontraba en esta idea de la seda, él, levantó de pronto su cabeza, tropezó con mi mano derecha que era la del yodo, de la sacudida se derramaron unas gotas sobre mi dedo pulgar, y como yo alejé mi brazo asustadísima creyendo haber manchado mi deshabillé blanco, él dijo muy contrito:

—¡Ay!… perdón ¿y qué desastre, Dios mío, ha hecho ahora mi cabeza?



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