Ifigenia
Ifigenia Como al instante comprobé que el llamado desastre, sólo alcanzaba la falange superior de mi pulgar, muy contenta y muy tranquila, contesté irguiendo en el aire mi dedo manchado:
—¡Y muy lindo, sí, muy lindo que va a estar hoy todo el día, con su gorro de yodo, el señorito!
Gabriel entonces lo miró sonriendo y dijo con mucha gracia:
—¡Pues a ese enfermo, herido, o como se llame, hay que curarlo también!
Y luego que acabó con tío Pancho, cogió un copo de algodón, lo mojó en agua colonia, y se puso a desmanchar con grandes extremos, la uña, la yema, y toda la falange superior de mi pobre pulgar.
Después que terminó completamente tan delicada cura, nos sentamos juntos en el canapé de reps que hay en el cuarto, y allí nos estuvimos un largo rato, inmóviles, sin decir palabra, considerando con callada melancolía la cabeza delgada y exangüe, que bajo la acción del narcótico dormía ahora suavemente, con sus ojos entreabiertos, y su boca entreabierta, y su barba puntiaguda, y todas sus facciones alargadas, blancas y dolorosas como las facciones dolorosas de un Cristo de la Agonía… Pero poco a poco, en voz muy baja, Gabriel y yo empezamos a conversar, y estuvimos conversando, conversando hasta que llegó tía Clara…