Ifigenia

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—¡Es acerca de lo que hablábamos esta mañana!

—Lo de esta mañana, —le dije muy seria—, lo de esta mañana, y lo del soneto… y todo lo demás ¡ya pasó! Es como si hubiera ocurrido hace ya muchos siglos. Aquellos amigos de entonces, Gabriel, ¡ya se murieron!

Pero él me dijo con su voz desesperada y rápida:

—¡No, no, no, yo no me he muerto, no; estoy vivo y más vivo que nunca porque es ahora precisamente cuando más adoro la vida y necesito que usted me oiga!; ¡se lo pido por lo que más quiera en este mundo, María Eugenia, óigame!

Tía Clara, que había acabado ya de medir las gotas, salió de la ventana, y Gabriel, al mirarla venir hacia nosotros, se quedó callado.

Pero si los labios de Gabriel no dicen nada cuando están en presencia de tía Clara, los ojos de Gabriel se ponen a decir cosas terribles, que no podrían decir los labios, y me siguen a toda hora con una obstinación tan honda y tan negra, que parece la obstinación de la muerte corriendo tras de la vida. Sí; los ojos de Gabriel me asustan. Yo siento en el brillo de su oscuridad, aquella gran atracción que he sentido a veces junto al vacío, cuando en mis excursiones por la montaña, el vértigo me ha llamado a gritos desde el fondo de un abismo…


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