Ifigenia
Ifigenia Y por no ver la obsesión luminosa de los ojos de Gabriel, junto a la obsesión turbia de los ojos de tío Pancho, ya caída la tarde me salí del cuarto a reposar un instante. Pero sucede que desde hoy en la mañana, los ojos de Gabriel, y la voz de Gabriel, y las palabras de Gabriel, y la figura de Gabriel, se han metido dentro de mi pensamiento, y me persiguen, tenaces, adonde quiera que vaya. Y como este Gabriel que está en mi pensamiento me asusta mucho más que el Gabriel que está en el cuarto de tío Pancho, por huirle de nuevo, hui de la soledad, y me fui a buscar alivio en la paz campesina del corral, que es el único lugar amplio de esta casa angosta y pobre.
Afortunadamente, allí, frente al crepúsculo, y frente a su batea rebosante de espuma, estaba Gregoria enjabonando unas sábanas y unas fundas muy blancas que acababa de hervir. Me senté junto a ella sobre la mesa coja de planchar, y mirando los celajes y mirando el negro retozar de sus manos sobre la blancura de la espuma, como hacía en otros tiempos, por ver si distraía mi pensamiento, me di a conversar un rato con ella.
Y en el corral, mientras las manos de Gregoria nadaban sobre la espuma, de los labios de Gregoria, en el color brillante de su vocabulario, surgió de pronto el nombre de Gabriel, y comenzó a volar y revolar mil veces por cerca de mis oídos.