Ifigenia

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Pero aquel nombre, en el ambiente campesino del corral, ya no me asustaba, ni me cohibía, ni me parecía negrura de crimen, ni vértigo de abismo. No, el nombre de Gabriel, rosado de crepúsculo, surgía naturalmente de los labios de Gregoria, y volaba junto a mis oídos, y revolaba sobre las matas y bajo el cielo con un rasguear tan libre de sus alas, que mis ojos perdidos como estaban entre las ramas, se dieron a pensar en el amor suavísimo de los pajaritos que esconden su nido entre dos hojas y sin saber que los hombres habitan sobre la tierra, pasan la vida con sus dos alas abiertas meciéndose en el espacio.

Cuando me instalé sobre la mesa coja, Gregoria habla primero de la ropa que estaba lavando; habló, después, con muchos suspiros y mucha tristeza de aquel dolor irremediable que era la muerte de tío Pancho; habló de lo muy bien que estábamos asistiéndole: y fue al elogiar la asistencia cuando rompió a hablar de Gabriel preguntándome así:

—¿Y ese Niño, quiero decir, el doctor, Don Gabrielito…; ¡qué Niño tan bueno!… Es casado ¿verdad?

Al escuchar su nombre, me estremecí de emoción sobre la mesa, y creo que respondí sonriendo:

—Sí, Gregoria, es casado… Y tú, ¿por qué dices que es tan bueno?


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