Ifigenia

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—¿Que por qué digo yo que es tan bueno? —Y Gregoria se incorporó un momento de su arroyo de espuma, y tomando el tuteo de mis tiempos infantiles y el tuteo de nuestros ratos de gran intimidad, me dijo muy asombrada:

—¿Pero tú crees, María Eugenia, que hoy en día se encuentran doctores que cuiden de balde a los enfermos como ese Niño está cuidando a Don Pancho?… Él dice que le tiene cariño… bueno… será por el cariño a Don Pancho, pero así y todo, ¡es mucha bondad!… Y además: ¡es mucha la gracia que tiene en todo su cuerpo, y muchísima la finura del trato!

—¿Y verdad que es muy blanco, y muy limpio, y muy bien formado, Gregoria?

—¡No me hables de eso! ¿Y aquella risa que tiene? ¡Yo no se la he visto a nadie más que a él! Y dime tú si yo habré visto hombres decentes y blancos, y buenos mozos, aquí, en esta casa de tu gente, y en otras partes también. Pero lo que es esa risa yo no la había visto nunca: ¡ésa no es más que de él!… ¡qué dientes de niño!… ¡Si es que dan ganas de darle un beso en la boca cuando él suelta aquella risa!

—¿Un beso, Gregoria?… ¿un beso en la boca?… ¡Bueno!… ¿Sabes lo que estoy pensando, y lo que he creído siempre?… ¡Ah! ¡Que te gustan mucho los hombres, y que tu juventud, Gregoria… ¡Gregoria! debió ser una juventud sumamente tempestuosa!


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