Ifigenia
Ifigenia Y otra vez, por toda contestación, Gregoria volvió a desgranar una carcajada wagneriana. Luego, se inclinó a los pies de la batea y sacó de no sé qué misteriosos escondrijos un tabaco que había ocultado sin duda al oírme llegar, pues como ya es sabido, esto de esconder el tabaco al oír ruido de tacones, es parte imprescindible de su protocolo en el trato con las personas «de adentro». Pero ya, en vista de que mi presencia se prolongaba mucho, y en vista de que se hacía indispensable avivar la lumbre mortecina y oculta, decidió suspender por hoy todo género de protocolos y sacando a luz el escondido tabaco, le dio varios soplidos y chupadas. Gracias a tan hábiles maniobras, el tabaco revivió, Gregoria se puso alegremente su gran aureola de humo, y así, rodeada por grises y voluptuosas nubecillas que se desparramaban y se fundían en el ambiente gris del anochecer, dejando a mano el tabaco, y emprendiendo de nuevo su trabajo volvió a decir muy grave y filosófica: