Ifigenia

Ifigenia

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—Sí; bien negra, y bien fea, y todo lo que tú quieras, pero nunca me faltó quien me dijera algo, ¡ésa es la verdad de la verdad!… Y si no me casé fue porque yo no quise entrar en cuestiones de matrimonio, porque siempre he creído que el matrimonio no se ha hecho sino para la gente fina… Sí, sí, las negras casadas se ponen pretenciosas y les duele mucho lo del color y tienen además que aguantar insultos, y hasta palos, del marido, y callarse la boca, y pasar por donde ellos digan, y sufrir mucha miseria para sostener la respetabilidad… (aquí una carcajada inmensa, llena de calderones en obsequio a la respetabilidad) mientras que sin casarse, hoy se quiere a uno, y si ese uno se porta mal, o resulta un bandido, pues ese uno se deja y se quiere a otro, y todos son considerados y cariñosísimos como el que más… Sí, María Eugenia, sí, los hombres, cuando se sienten seguros, se ponen que no se pueden aguantar, porque ellos… ¡ave María!… ¡ellos no le tienen apego, sino a lo muy dudoso, y a lo muy difícil, y a lo que se les puede ir de entre las manos!…

—Bueno, Gregoria, total que estás desarrollando unas teorías que ni las de Lenin. ¡Ay! ¡si te oyera tía Clara!




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