Ifigenia

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—Cada color y cada condición tiene que tener su moral, María Eugenia. A mí no me puede decir nada la Niña Clara, porque yo bien cristiana soy, y antes me muero que dejar de ponerle su vela a la Virgen del Carmen todos los sábados en la noche, y antes que olvidarme de ir a la iglesia el Domingo de Ramos, para que me den mis hojitas de palma bendita; y antes que quedarme sin ir a comulgar el Miércoles Santo en el mismo altar donde se expone el Nazareno; y antes que dejar de oír todo el sermón de las Siete Palabras y ponerme de rodillas mientras se está predicando la séptima que es la hora mismita en que murió el Señor. Sí, bien cristiana soy, y nadie me puede decir jota sobre mis cumplimientos; ¡pero cada cosa en su puesto y a mí, que no me vengan con cuentos! Dios nos mandó a este mundo, y nos impuso por ley que lo adoráramos y lo bendijéramos a él todos los días, pero nunca dijo a quién debíamos querer ni a cuántos debíamos querer sobre la tierra, porque digan lo que digan, en estas cosas del cariño, El observa, pero no se mete. Y para que veas que es mucha verdad lo que te estoy diciendo, tú no tienes sino que fijarte en esto: si a Dios le disgustaran tanto ciertas cosas, pues alguna diferencia hiciera entre los casados y los que no están casados, y ya tú ves que no la hace, porque a todos les manda por igual el castigo de los hijos… Yo, sin haberme casado ni una vez, fueron cuatro los hijos que tuve… ¿y quieres que te diga la verdad, María Eugenia?… siempre me consolé de haber nacido bien negra y bien pobre, primero, porque Dios lo mandó así, y después porque negra y pobre quise siempre al que quería. Mientras que hay otros muy grandes y muy poderosos y que parecen muy contentos y ¡la procesión va caminando por dentro, María Eugenia! Mira… fíjate bien, y dime si no: ¿tú crees que Don Gabrielito, por ejemplo, quiere mucho a la señora con quien está casado? ¿Tú estás creyendo que la quiere?… ¡Ah! lo que es a Gregoria, a la negra bruta, a la vieja ordinaria que no sirve sino para andar en la batea lavando trapos, y quemándose las manos con los hierros de planchar, a esta vieja ordinaria y bruta no le pasan las cosas sin verlas porque ella, a pesar de la negrura y de la ordinariez ¡tiene el olfato muy fino!


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