Ifigenia
Ifigenia —¿Y tú cómo lo sabes… pero cómo sabes tú que él no la quiere? —pregunté yo, intrigadÃsima.
Gregoria entonces, con una expresión misteriosa y sonreÃda, donde renació de golpe toda la sorpresa, toda la emoción y toda la escena turbadora de esta mañana, repitió:
—¿Que por qué?… ¡Ay Dios mÃo Señor, con las curiosidades! ¡por qué! Pues mira, digo que no la quiere, porque si la quisiera no me volverÃa loca, preguntándome por otra cuando viene la ocasión y se queda solo conmigo en el cuido de Don Pancho. Entonces, al no más ver que está solo, empieza la preguntadera, y la preguntadera no se acaba más nunca: que si cuando chiquita serÃa tan bonita como es ahora; que si pasa la vida con los libros, o que si la pasa más bien con el bordado; que si toca mucho piano; que si querrá bastante al novio que tiene; que si está muy contenta con el matrimonio, que si antes del novio estaba triste… Y todos son cariños y regalos para que la vieja suelte la lengua y hable bastante… ¿pero quieres que te cuente lo que yo le dije?… pues yo lo advertà diciendo: «Mire, Don Gabriel, ella es más buena y más suavecita que una madeja de seda, pero el que la ofende la oye, porque entonces… ¡ay! entonces es brava, bravÃsima… ¡SÃ; a ella le sale de repente la braveza que la tiene de herencia en la sangre por la rama de acá, por los Aguirre!».