Ifigenia
Ifigenia Sin saber por qué, al oÃr esta última frase, mi placer y mi sorpresa se volvieron de pronto vivÃsimo malhumor contra Gregoria, de modo que nerviosa y rápida me estremecà de nuevo sobre la mesa y la interrumpÃ, molesta:
—¿Pero qué sarta de disparates estás diciendo, Gregoria?… ¡No parece sino que ya, de vieja y de chocha que eres, has perdido completamente el poco sentido que tenÃas!…
—¿Disparates?… ¿Disparates?…
Y Gregoria me clavó una mirada tan larga y tan fija, que a pesar de la escasez de luz, a mà me fue imposible el sostener de frente. Luego, dando por terminado el lenguaje de los ojos, la emprendió de nuevo con el de las palabras: