Ifigenia
Ifigenia —¡SÃ… también será la chochera y el viejo!… Mira, MarÃa Eugenia, ¿tú quieres que te diga la verdad, porque te veo mismamente que si en comparación, salvo los años y el color te hubiera tenido por hija? Pues óyeme, MarÃa Eugenia ¡ese niño está que se muere por ti!… y ése… no me lo niegues… ese es el mismito aquel, por quien ahora dos años te metieron a ti en la hacienda, cuando pasamos allá tres meses seguidos, y a mà me dio un tabardillo de sol que creà que me morÃa… Bueno… pues ése es el mismo,…y tú cuando supiste que se casaba con otra te quedaste tan tristecita, que me daban ganas de llorar al verte, y lo que sentÃa eran deseos de abrirte mis brazos, y decirte: «¡Vente a desahogar aquÃ, en el pecho de tu negra vieja que te quiere de verdad y que es la única que sabe las amarguras que estás pasando!». Pero, como Gregoria observa, y se calla, y se lo traga todo para que no le digan entrépita, ni parejera, ni falta de respeto, nunca te dije nada… Pero ahora te advierto, MarÃa Eugenia, porque te veo en peligro: ¡Mira que estás pisando una escalera enjabonada… mira que ese niño es casado y que tú ya estás casada, también, como quien dice, y que tú no eres Gregoria, MarÃa Eugenia, porque naciste muy alta y muy encumbrada, y tienes que pasar por el aro de la decencia, y que si él te quiere a ti, pues… ¡no lo niegues!… lo mismito lo quieres tú a él, y fuera con él con quien te casaras, si en la vida se pudiera hacer siempre la real gana de lo que pide el corazón!… SÃ, sÃ, y él, hoy por hoy, serÃa capaz hasta de matar gente con tal de ponerse en ti, porque asà son ellos… desprecian lo que tienen a la mano, y cuando se les va por las alturas, entonces es la lloradera y la desesperación. Pero eso no fuera lo más alarmante, MarÃa Eugenia. ¡Lo alarmante es que tú estás ahora más atraÃda que nunca a ese cariño de antes, porque no en balde se quiere una vez, y no en balde estos ojos viejos, han visto tantas cosas en su vida, y por lo que tienen visto saben que el cariño retoña, y retoña, siempre que él puede, lo mismo que retoña la mala hierba!… ¿Tú crees que yo no vislumbro esa alegrÃa que se te pinta en la cara cada vez que te lo nombro?… ¿Tú crees que yo no me fijé aquel dÃa, cuando él se presentó de repente, y tú, de puro azoramiento, si no es por un milagro, bañas al pobre Don Pancho con la taza de café con leche?… ¿Y crees que ahorita, tampoco me fijé, cuando te dije lo de la risa, y lo del beso en la boca? ¡Si no fue más que por verte la cara que te lo dije… asà como quien no quiere la cosa!