Ifigenia
Ifigenia —¡Eso es, MarÃa Eugenia, eso es! Insúltame, y patéame, y mándame a botar a la calle también si te parece, pero insultada y pateada y todo, yo no me desdigo, porque no, y porque creo que para decirte la verdad estoy aquÃ, que no en balde crie a tu misma madre, y a ti te cogà al nacer la primera de todos… ¡Insulta!… ¡insulta más, que para escuchar insultos nació Gregoria, la pedazo de negra!… Y no creas, no estés creyendo, que ésta es la primera vez que me maltratas, ni la primera vez que yo me dejo maltratar por ti… Mira, cuando estabas chiquitica, y no tenÃas más tamaño que el que tiene ahora una de estas fundas mojadas… pues siempre que te llevaban a pasar el dÃa a la casa de allá abajo, era Gregoria quien se quedaba el dÃa entero con la niñita cargada y ¿sabes lo que a ti te gustaba y lo que más te entretenÃa? Pues tu gusto era echarle mano al pelo de la negra, y morirte de la risa, prendida de los chicharrones, que no sé cómo no se te rompÃan los deditos en la apretura de la lana; y yo, escuchándote reÃr me reÃa también a carcajadas diciendo: «Para algo debÃan servir, por fin, los dichosos chicharrones!» y si alguno querÃa terciar en que no me jalaras tan duro, yo les decÃa: «¡déjenmela quietica que va a llorar, y eso no les está doliendo a ninguno de ustedes!». Pues mira, hija, lo mismo que decÃa entonces te digo ahora: ¡si insultando a Gregoria te desahogas de tus angustias, insúltala bastante y desahógate con ella, que algún dÃa llegará en que comprendas la falta de razón de estos insultos!… Y por de pronto, aunque parezca malacrianza dejarte asà con la palabra en la boca, me voy a tender ya esta ropita, para que el aire de la noche la oree, a ver si mañana me amanece seca…