Ifigenia
Ifigenia Y Gregoria, que ya tenía enjuagadas y exprimidas las sábanas y las fundas, las metió en un balde vacío, y se fue con ellas lentamente, camino del alambre, a lo más hondo del corral. Allá empezó alegremente el blanquísimo aleteo y el clamor alborozado de las piezas batidas en el aire, hasta que al fin, como una hilera de aves que se ponen a dormir, se fueron quedando mudas y tranquilas… Entonces junto a ellas, la negra cabeza que se había fundido un segundo en la seminegrura del instante, renació al destacarse contra el muro de ropa blanca. Desde lejos, mientras mis ojos la veían florecer en la blancura, me di a pensar dulcemente en los días de inconsciencia, cuando tanto me divertía al deshacer aquel paquete de apretadísima lana… Y mirando fija, fijamente, el negro ir y venir contra las sábanas, tuve envidia de la perdida inconsciencia, tuve envidia de la humildad de la lana, contemplé un segundo las infranqueables distancias que separan las vidas, y otra vez allá, en el fondo del corral, por sobre la cabeza lanuda, vi surgir poco a poco, en espiral negra y roja de incendio, toda la trágica alegría de mi pensamiento que de nuevo se había puesto a contemplar a Gabriel.