Ifigenia

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Luego los personajes. Todos son originales y nuevos. Teresa de la Parra tiene el sentido innato del novelista. Sabe crear tipos. Ya no podremos olvidar nunca a Gregoria, ni a Mercedes, ni al tío Pancho, ni a César Leal, ni a Abuelita, ni a tía Clara. ¡Qué don rarísimo es éste! Y cuánto más raro es aún el que vaya acompañado de tan gran facilidad. El novelista aquí no parece hacer el más mínimo esfuerzo. Su narración avanza a un lánguido compás, cortado de tiempo en tiempo con brusquísimos arranques. Es como un río que tan pronto se explayara en un dulce remanso de ensueños y meditaciones, tan pronto se precipitara como un torrente por sobre las pendientes de lo emocionante y de lo trágico. Y todo ello con una naturalidad que encanta.

La expansión de este temperamento de artista ignora en absoluto los artificios de la falsa retórica, esas pobres recetas del oficio con las cuales la mayoría de los escritores se revisten de importancia. Es como si un hermoso niño sentado a pleno sol se pusiera a jugar. La gracia y armonía de sus movimientos regocijará a un tiempo el espíritu del sabio y el corazón del simple. Basta una sola observación: el haber escrito un libro de más de quinientas páginas sin dar un solo instante la impresión de un desacierto ni la de un titubeo habla más en favor de la autora que todos los elogios juntos.


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