Ifigenia

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Es imposible que pueda discutirse siquiera el verdadero carácter de María Eugenia Alonso. Tal duda implicaría ignorancia de las leyes que rigen las obras de arte y los seres vivos. Se necesitaría ser ciego o tener muy mala fe para decir que María Eugenia Alonso profesa como doctrinas de su vida moral las traviesas paradojas con las cuales juega y se divierte escandalizando a veces a su abuela y a su tía. Y no digamos qué incomprensión sería acusarla de perversidad o de egoísmo. Al contrario. A mí, por lo menos, lo que más me ha llamado la atención en la segunda lectura, que ha sido más meditada y más atenta, es la ingenuidad profunda del personaje central. Se extasían los pedantes desde hace siglos comentando la deliciosa frescura de las doncellas de Shakespeare, aquella inocencia que anima sus alardes espirituales, aquellas inquietas coqueterías con las cuales se agitan y se entretienen hasta que el amor las toca y las deja para siempre graves. ¿Cómo no ver hasta qué punto María Eugenia Alonso se parece a ellas? Es el mismo hervidero de deseos, de ensueños, de locuras, las mismas paradojas, la misma esgrima frente a los enamorados, todo ese fuego artificial de la juventud que estalla. Pero pasa de pronto el arcángel terrible, y con un solo golpe de alas abate a la orgullosa y la prosterna para siempre en la actividad sagrada del consentimiento.



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