Ifigenia
Ifigenia Yo quisiera demostrar hasta qué punto la coquetería de María Eugenia Alonso se aparta en su esencia de esa coquetería malsana que anima a la mayoría de sus contemporáneas. La suya está exenta de perversidad. Es cierto que se pinta, que exagera el rojo de Guerlain en los labios, que se pone vestidos cortísimos, que lleva el pelo enteramente a la garqonne, todo eso está entendido, pero la pregunta que debe formularse es ésta: ¿de qué le sirven tales artificios? ¿Qué intenta hacer con ellos?
No intenta nada. He aquí su superioridad. Si quiere estar siempre bonita es precisamente por ella misma, es que tiene el gusto innato, profundo, irresistible de la elegancia. Ama la perfección. Pertenece a esos seres de selección (también existe ese tipo entre los hombres) para quienes la elegancia en todos los órdenes, admírenlos o no, es una necesidad. Les horroriza todo aquello que sea desorden, negligencia, imperfección. Y si la mayoría de las personas incapaces de comprender estas sutilezas las critican y reprochan es sin duda ninguna por la lección implícita que con ello se les da.