Ifigenia
Ifigenia Hay quienes suelen llevar bajo la elegancia del cuerpo la elegancia del espíritu. María Eugenia Alonso es uno de esos seres de elegancia doble. Cuando al final de su relato renuncia para siempre a la felicidad y al verdadero amor, por razones profundas que el pudor supremo de su alma ostenta, pero no dice, cuando se encamina hacia el matrimonio corriente y burgués que le ha deparado su destino, andando como Ifigenia hacia el altar, parece que caminase hacia algo mil veces más doloroso que su propio sacrificio: la interpretación que las almas vulgares darán a su acto. La acusarán sin duda de egoísmo, de interés, pero ¿qué importa? Una divinidad suprema la llama y la conduce. Ella camina en pos sin mirar hacia atrás. Los verdaderos elegantes no viven para la opinión. Viven para realizar el misterio de una perfección interior de la cual la exterior no era sino un misterio y un símbolo. María Eugenia Alonso sabe lo que cuesta renunciar al legítimo derecho a la felicidad. Si ha renunciado ya, es sólo porque quiere vestirse con las galas espléndidas de un ideal ético. También Ifigenia se vistió de galas antes de encaminarse al sacrificio.
FRANCIS de MIOMANDRE