Ifigenia

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¡Ah! ¡Cristina, Cristina, lo que me fastidio!… Mira, por muchísimos esfuerzos de imaginación que tú hagas no podrás figurarte nunca lo que yo me fastidio desde hace un mes, encerrada dentro de esta casa de Abuelita que huele a jazmín, a tierra húmeda, a velas de cera, y a fricciones de Elliman’s Embrocation. Bueno, el olor a cera viene de dos velas que Tía Clara tiene continuamente encendidas ante un Nazareno vestido de terciopelo morado, de una media vara de estatura, el cual desde los tiempos remotos de mi bisabuela camina con su cruz a cuestas dentro de una redoma de vidrio. El olor a Elliman’s Embrocation es debido al reumatismo de Abuelita, que se fricciona todas las noches antes de acostarse. En cuanto al olor a jazmín con tierra húmeda, que es el más agradable de todos, viene del patio de entrada, que es amplio, cuadrado, sembrado de rosas, palmas, helechos, novios, y un gran jazminero que se explaya verde y espesísimo en su kiosco de alambre sobre el cual vive como un cielo estrellado de jazmines. Pero ¡ay! lo que yo me fastidio aspirando estos olores sueltos o combinados, mientras miro coser o escucho conversar a Abuelita y a tía Clara es una cosa inexplicable. Por delicadeza y por tacto, cuando estoy delante de ellas disimulo mi fastidio y entonces converso, me río, o enseño como perra sabia a Chispita, la falderilla lanuda, quien ha aprendido ya a sentarse con sus dos patitas delanteras dobladas con muchísima gracia, y quien, según he observado, dentro de este sistema de encierro en que nos tienen a ambas, sueña de continuo con la libertad y se fastidia tanto o más que yo.


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