Las memorias de Mama Blanca

Las memorias de Mama Blanca

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La autoridad de Evelyn pasó de las palabras a los hechos. Agarrando a Violeta por la muñeca, con la mano que le quedaba libre le quitó el cuchillo en un segundo. Violeta, sorprendida y desarmada, la miró con insolencia y en defensa propia y voz muy clara:

—¡…!

¡Zas! Un calificativo inesperado, rotundo, sobrio, muy bien acordado en cuanto a género y número: una sola palabra nada más.

¿De dónde salía tal palabra? ¡Misterio! Era esa una de las especialidades de Violeta: saber cosas que nadie supiera, sin que supiera ella misma dónde las había sabido. No obstante ser palabra nueva, todas las demás comprendimos al punto que tal expresión se le había adaptado a Evelyn como se adapta en la cabeza un sombrero muy feo, es decir, que se le amoldaba sin hacerle favor. Al oír el calificativo admirable de claridad, las dos sirvientas presentes habían comenzado a reírse a carcajadas. Con las risas, el calificativo tomaba más proporciones y mayor asiento en la persona de Evelyn. Ésta, indignada, más por las risas que por el vocablo inesperado, con su feísimo sombrero puesto, se quedó muda unos instantes. Luego interrogó:

—¿Dónde aprendiste esa palabra, Violeta, que te dejó boca tiznada, boca negra como carbón? ¿Dónde aprendiste?


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