Las memorias de Mama Blanca
Las memorias de Mama Blanca Para nuestras almas de campesinas el trapiche era el club, el teatro y la ciudad. Ningún placer equivalía a la hora pasada entre el baño y el trapiche. Nos parecía la gloria y teníamos razón: era la gloria. Todo en él halagaba la vista, el olfato, el paladar, el oído. Lo mismo que bullía el guarapo en los enormes fondos, en el gran recinto del trapiche bullía la vida franca y buena a borbotones. En él se daban cita todos los elementos y todos los valores: el agua, el fuego, el sol, todos iban andando desnudos y armoniosos al compás que marcara la inmensa rueda majestuosa y mansa de la molienda. Nada del aburrimiento negro incomprensible y feísimo de las fábricas movidas con motores eléctricos. No. En el trapiche no había misterios ni había escondites. Todo pasaba a la vista de todos. Cada cual sabía por qué ocurrían las cosas y había entrada libre para el que se presentara: elementos, animales o personas.