Las memorias de Mama Blanca

Las memorias de Mama Blanca

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En el trapiche amplio y generoso no había casi paredes ni había casi puertas; nada se encerraba; ¡adelante todo el mundo! Entraba el sol, entraba el aire, entraba el aguacero, entraban las legiones de avispas doradas y, zumbando a buscar dulce; entraban las yuntas lentas con los carros anchos y los montones de caña bien trabados que los gañanes descargaban de un golpe y dejaban firmes en el suelo detrás de los carros; en busca de dulce, lo mismo que las avispas, entraban los hijitos de los peones con una cazuela en la mano a pedir: «de parte de Mamá que si me hacen el favor de unas migajitas de raspadura o un pedacito de papelón roto para el guarapito de esta noche». Como a las avispas se les daba la raspadura o se les daba el pedazo de papelón roto, a nadie se decía no.

En bandada con Evelyn y las sirvientas atrás, zumbando y volando, también como las avispas y los chiquitos de los peones, por entre yuntas de bueyes y montones de caña y parihuelas de bagazo, entrábamos las niñitas a buscar dulce, a estorbar el trabajo, y también ¡Adelante las niñitas, a molestar se ha dicho!





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