Las memorias de Mama Blanca
Las memorias de Mama Blanca Lo primero de todo era correr a encajar un pie sobre la espuma gris y endurecida que formaba el zumo de la caña al irse por una canal hacia la sala de pailas. Allí, dibujado sobre la espuma el mayor número de pies posible, era gritarle a Vicente Cochocho, si es que estaba presente, y si no, al grupo general de los emburradores:
—¿Que cuándo sueltan la molienda, pues? ¡Que anden, que anden, que ya es hora! ¡A almorzar! ¡A almorzar!
«Soltar la molienda» o «almorzar» era detener el movimiento de la rueda y los cilindros al lanzar el agua por la acequia de mampostería, camino de un estanque en el cual, junto a enredaderas, penachos de bambú y un ancho cují, nos bañábamos diariamente, a pleno sol, bajo el estruendo del chorrerón, entre los remolinos de su corriente y los perfumes que iba dejando el agua sobre la tierra y las piedras musgosas.
Junto a la rueda grande del trapiche el ruido del agua apagaba las voces. Mirando nuestra actitud y nuestras bocas gritonas, los emburradores, que ya sabían a qué atenerse, se veían reducidos a decirnos por señas que aún no había llegado la hora de soltar la molienda y a fin de completar la explicación nos mostraban con la mano el montón de caña que faltaba por moler.