Las memorias de Mama Blanca

Las memorias de Mama Blanca

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En el trapiche no se reunía la gente con el objeto de divertirse: he aquí por qué la reunión era amena y agradable. Allí para contemplar los diversos espectáculos no era menester, como en el teatro, sentarse en una butaca y quedarse inmóvil, en silencio, durante varias horas, con un par de gemelos en la mano y una pierna dormida, mirando a lo lejos, entre telas y tablas pintadas, hacer ademanes y decir trivialidades de un orden simétrico y monótono. En el trapiche no era indispensable, como en los bailes, dar vueltas y vueltas gravemente y a compás, sobre tacones altísimos, ni tampoco era de rigor el afirmar, con un sandwich en una mano y una copa de champagne en la otra, todos esos lugares comunes que la mayoría de nuestros interlocutores, mucho más elocuentes que nosotros, afirman con tanto ardor y con tanta seguridad, en forma brillante y arrolladora.

El espectáculo del trapiche, variado, vivo y lleno de colores no esclavizaba la atención ni tiranizaba los movimientos. Mirando espumar un fondo, saltar el temple en la tacha, correr el melado en los canales, batir un alfondoque, menear con una pala el papelón caliente, volar las hormas llenas, alegremente, por los aires, de mano en mano, como bailarinas; mirando, digo, tanta escena diversa y divertida, se podía al mismo tiempo chupar caña, comer melcocha y pensar en lo que se quisiera.


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