Las memorias de Mama Blanca
Las memorias de Mama Blanca En el trapiche era lícito agobiar con preguntas al templador, para dejarlo de golpe con la palabra en la boca, dar media vuelta e irse a agobiar con las mismas preguntas al espumador del primer fondo, sin decir previamente a ninguno de los dos: «¿Me permite usted un instante, señor?». En el trapiche, tanto el cuerpo independiente, como la fantasía alada, al igual de las avispas, podían posarse aquí, allí o acullá, cuando y como mejor les pareciera. Libertad de movimiento y libertad de pensamiento, ¿no son dos factores indispensables al bienestar? ¿Y aquel olor tan rico que en el ínterin, por el humo y el vapor, exhalaba la tacha y exhalaban los fondos? ¿Y el lindo color dorado del papelón fino de caña buena? ¿Y el color oscuro del pobrecito papelón humilde de cachaza o caña mala? ¿Y el grito armonioso del templador, clamando de pronto por una reja, como la campana del Ángelus en la tarde?:
—¡Candelaaa!