Las memorias de Mama Blanca
Las memorias de Mama Blanca ¿Y la actitud de todo el mundo? Nadie en la sala de pailas ni en la sala de la molienda ni en el patio del bagazo y de las bagaceras tenía movimientos activos, esos bruscos movimientos de la actividad, totalmente sin armonía y desbordantes de soberbia, que parecen gritar: «¡Yo soy el creador aquí; todo es obra de mis manos, adelante, de prisa, viva yo y viva mi genio!». No, en el amable trapiche los movimientos no podían ser más lentos. Nadie pretendía crear nada. El largo proceso del papelón, como cosa de la naturaleza y no de la industria, parecía hacerse solo, por obra bendita del tiempo necesario; poco a poco, poquito a poquito. Los treinta o cuarenta peones del trapiche asistían al proceso del papelón como se asiste a un nacimiento: una ligera intervención; mucha paciencia, conversación y nada más.
El trapiche era, pues, el bienestar sencillo y bueno. Violeta lo derrumbó con una sola palabra. ¡Ah! Violeta era fuerte, porque era emprendedora y agresiva. Sus palabras, ya lo han visto, como las de ciertos diputados y senadores, torcían el curso tranquilo de la vida. Muchedumbres pacíficas tenían después que sufrir las consecuencias.