Las memorias de Mama Blanca
Las memorias de Mama Blanca Ahora ya, vigente la dura prohibición, antes de ir al baño nos veíamos reducidas a quedarnos arriba, junto a la represa vecina del canalón, en la cúspide de la rueda grande. Si queríamos echar un vistazo a nuestro querido trapiche, era menester desde allí arriba asomar las cabezas en fila, por encima de una tapia. A duras penas, puestas en puntillas o subidas a unas piedras, lográbamos pasar ojos y narices; muy raras veces la boca. Así, como Dios nos ayudara, solíamos lanzar nuestro ruego cotidiano:
—¿Que cuándo sueltan la molienda, pues? ¡Que se vayan a almorzar! ¡Que anden, que anden! ¡Que ya es hora!
Ruego que iba a fundirse en la noche profunda de las cosas ignoradas. Nadie nos atendía, puesto que perdidas allá arriba, entre la tapia y el ruido del agua, ni se nos veía ni se nos oía.
Debo en justicia advertir una cosa. Aun cuando la prohibición regía en todo vigor como he dicho ya, Evelyn, de vez en cuando, nos agrupaba después del baño y declaraba esto:
—Hoy, como todas se han portado bien, van a ir conmigo a trapiche.