Las memorias de Mama Blanca
Las memorias de Mama Blanca Mamá era, pues, una romántica sin cobardÃa y sin saberlo. De obedecer a mi natural impulso, mirándola pasar allá, por el lejano paÃs de mis recuerdos, con su bata blanca, su abanico de paja y sus lazos azules o rosados, no dirÃa de ningún modo que ella trató de imitar a los románticos; afirmarÃa, por el contrario, que los románticos trataron de imitarla a ella. Yo creo que, como el tabaco, la piña y la caña de azúcar, el Romanticismo fue una fruta indÃgena que creció dulce, espontánea y escondida entre las languideces coloniales y las indolencias del trópico hasta fines del siglo XVIII. Hacia esa época, Josefina Tascher, sin sospecharlo, tal cual si fuera un microbio ideal, se lo llevó enredado en los encajes de una de sus cofias, contagió asà a Napoleón, en aquella forma aguda que todos conocemos y poco a poco las tropas del Primer Imperio, secundadas por Chateaubriand, propagaron la epidemia por todas partes. Digan lo que quieran, búrlense o no, yo aseguro que Mamá y Napoleón se parecieron mucho. ¿Hay algo si no más semejante al afán inmoderado con que Napoleón iba sentando a sus hermanos uno a uno en los más encumbrados tronos de Europa que aquel otro afán, inmoderado también, con que Mamá, una a una, iba sentando a sus niñitas en las más afamadas obras de la Creación? Ser Estrella, Aurora o Blanca Nieves ¿no equivale mil veces, desde cierto punto de vista, a ser rey de España, de Nápoles o de Holanda? Sólo que la pobre Mamá emprendÃa la conquista de sus tronos sin arreos militares y sin sacrificios de vidas. Se iba, como he dicho ya, caminando muy poco a poco, en una calesa de dos caballos, con su crinolina anchota de tafetán, su manteleta de muselina y una capotita llena de cerezas, que ataba bajo la barba con un gran lazo de cinta. Al arrancar el coche, sacaba una mano que tenÃa un mitón de seda y pronunciaba asà su única arenga: