Las memorias de Mama Blanca

Las memorias de Mama Blanca

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—¡Si es que son unas montunas! ¡Son unas mismas salvajes! ¡Le tienen pena[8] a sus propias sombras! ¡Figúrense que nunca han salido de la hacienda!

Yo no sé cuál de las dos cosas nos impresionaba más: si el espectáculo aterrador de aquellos rostros desconocidos, que nos hablaban sonriendo y querían a toda costa besarnos y vernos la cara, o si la actitud inusitada que desde el primer momento, al sólo anuncio de las visitas, asumía Mamá. ¡Ah, es que Mamá era el colmo de la amabilidad! Su don de gentes, contenido de ordinario dentro de los cuatro corredores de la casa de Piedra Azul, se desbordaba impetuoso a la primera oportunidad y era sencillamente un torrente, un diluvio universal de finuras, sonrisas, obsequios y cumplidos. Al igual de nosotras, ella también se vestía desde temprano, y agitadísima empezaba a recorrer la casa descubriendo manchas a diestra y siniestra, cambiando los tapetes de las mesas y poniendo ramos de flores en todas partes.

Papá era el único que permanecía impasible, con el mismo vestido y el mismo aspecto de todos los días. Sentado en un mecedor, contemplando la agitación y el continuo arreglarse de Mamá, entre serio y sonriente, entre nervioso y burlón, comentaba así aquella especie de representación teatral:


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