Las memorias de Mama Blanca

Las memorias de Mama Blanca

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—¡Ya empiezan, ya empiezan las monerías! Contigo no sería de extrañar, Carmen María, que el día menos pensado las visitas se encontraran con un ramo de flores, un paño bordado y un plato de dulces en…

Y Papá nombraba un lugar de la casa que no suele mencionarse en sociedad, como estamos nosotras ahora.

Pero Mamá no tomaba en cuenta las ironías de Papá. Su amabilidad firme y bien asentada tenía raíces demasiado hondas, para que burlas e ironías llegasen a rozarla siquiera. Mamá era amable por generosidad de alma, era amable por adornarse a sí misma, y era amable además porque, teniendo quince años menos que Papá, no había descubierto todavía que en las batallas de amabilidad, como en todas las batallas, es mucho más airoso el enviar que el recibir y que el más amable abusa horriblemente de su contrincante al tomar para sí la mejor parte.

Después de habernos obstinado pudorosamente en que las visitas no nos vieran la cara, cuando estábamos bien convencidas de que nadie se ocupaba ya de nosotras, corríamos a escondernos tras una de las puertas de la sala, y allí, ignoradas de todos, entre risas o suspiros apagados contemplábamos a nuestro sabor la representación.


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