Las memorias de Mama Blanca
Las memorias de Mama Blanca Aseguro a ustedes que no era un espectáculo trivial el de ver a Mamá, llena de lazos, con la boca florecida de cumplidos, y los ojos levantados al cielo, sirviendo poco a poco, de un jarro de cristal, en donde flotaban cortezas de piña, unas doradas copas de guarapo fuerte, que iba distribuyendo después entre languideces y sonrisas. Las visitas las tomaban de sus manos, las probaban con la punta de los labios y en lugar de decir con desabrimiento y pretensión, como se dice ahora:
—Este cocktail de champagne es delicioso —declaraban llenos de nobleza y sencillez:
Este guarapo fuerte está magnÃfico.
Mamá, encantada, insistÃa naturalmente para que bebieran más, y eran tales las insinuaciones, y tantas las sonrisas, que por lo que a mi respecta, confieso sinceramente que tenÃa ganas de llorar a gritos. Me dolÃa muchÃsimo el comprobar por la rendija de la puerta aquel amor desmedido que Mamá profesaba a las visitas, y sentÃa una necesidad violenta de desahogar mis celos entre gemidos y lágrimas. A casi todas mis hermanitas les pasaba lo mismo. De modo que junto a aquella alegrÃa general que en la sala encendÃa y avivaba la inocencia del guarapo fuerte, sin que nadie lo supiese, tras de la puerta entornada, palpitaba un drama: el olvidado rebaño de compoteras sufrÃa en silencio con un gran dolor hondo lleno de decepción y de sorpresa.