Botones y encaje
Botones y encaje ―Él no tiene cómo pagarme ―dijo el hombre, inclinándose hacia ella―. Pero tú sÃ.
Pearl retrocedió un paso. La oscuridad en sus ojos era un abismo, un vacÃo que amenazaba con tragársela.
―¿Qué quieres de m�
La sonrisa que curvó los labios del hombre fue frÃa, calculada. Sacó un frasco de vidrio del bolsillo de su chaqueta y lo colocó frente a ella. Dentro, descansaban botones de diferentes colores, cada uno un testimonio mudo de algo desconocido.
―Por cada cosa que hagas para mÃ, ganarás un botón. Cuando este frasco esté lleno con trescientos sesenta y cinco botones, serás libre.
La propuesta la golpeó como un trueno. HabÃa algo cruel y macabro en el simple objeto. QuerÃa preguntar qué significaba, pero algo en su instinto le dijo que no querÃa saber la respuesta.
―¿Y si me niego? ―desafió, aunque su voz sonó más débil de lo que esperaba.
El hombre se inclinó hacia ella, tan cerca que podÃa sentir su aliento cálido y amenazante.
―Si te niegas, ni tú ni Jacob vivirán para ver el próximo invierno.
Pearl sabÃa que no habÃa elección. HabÃa caÃdo en un juego del que no entendÃa las reglas, pero sà comprendÃa una cosa: perder significaba la muerte.
