Amadeo I

Amadeo I

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Divagando solo, examinaba lo que bien puedo llamar mi conciencia mental, y sentía que alguna pieza del aparato pensante no se hallaba en perfecto engranaje con las demás. Yo quería pensar una cosa y me salía otra. ¿Cómo restablecer la ordenada función de mi cerebro? Consulté el caso con Ido, muy práctico en tales achaques, y me dijo que tomase mucha tila y no leyera más libro que Las Tardes de la Granja, obra muy distraída, o la Vida de Santa María Egipciaca, que a él le había probado muy bien. En esta situación de espíritu, llegaban a mí ecos zumbantes del estruendo político en las Cortes y en la Prensa. A Sagasta y Romero Robledo, el gallo de Cameros y el pollo de Antequera, les traían locos por la transferencia de dos millones, que la gente maleante dio en llamar Los dos apóstoles. Traviesos eran Sagasta y Romerito, y no reparaban en pelillos para engrasar la máquina electoral. Y aun así no pudieron impedir que trajeran acta treinta y cinco carlistas. Estos se preparaban en el Norte para obsequiarnos con otra guerra civil… ¡Bueno se iba poniendo esto…!






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