Amadeo I

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Retozando sobre la blanda alfombra de Santa Bárbara, me enteraba yo de cosas y personas. La tertulia de Sus Majestades después de comer no era muy lucida. Ningún personaje de importancia, ningún prócer de primera fila, vi entre los asistentes a la real sobremesa. Toda la concurrencia era puramente palatina y del Cuarto Militar. Habló la Reina del Convenio de Amorevieta, que estimaba beneficioso… por el momento… Díaz Moreu le dio detallada explicación de las bases de aquel arreglo; elogió con ardor al Duque de la Torre, hombre de altas miras. Según dijo, el Convenio sería discutido en las Cortes y tendría la aprobación de todos los elementos dinásticos. Esperaba que de esta discusión saldría el Gobierno con mayor fuerza. Hablaron después de Ruiz Zorrilla, lamentando su alejamiento de la vida pública, en su retiro de Tablada. Doña María Victoria expresó tímidamente sus dudas de la eficacia del Convenio de Amorevieta. ¿Quién podía responder de que los carlistas, rehechos más allá de la frontera, no volverían con mayor furia a encender la guerra civil? Contra su terquedad nada valdría la razón, nada el interés de la Patria. Extremando su galantería, Díaz Moreu no se atrevió a disipar en absoluto las dudas de la Reina y casi las confirmó diciendo: «Tal vez, Señora. Vuestra Majestad discurre siempre con admirable previsión. El carlismo es de calidad muy dura, irreductible… Con esa gente no hay día seguro».


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