Amadeo I
Amadeo I Pasaba yo los mejores ratos del día persiguiendo a doña Mariana, o en su grata compañía cuando me deparaba Dios el encontrarla. Una tarde, platicando en la portería de la Academia, me sorprendió, mejor diré, me asombró gratamente con estas inesperadas razones: «Ocioso está el gran Tito, y la ociosidad es el achaque peor que puede caerle a un hombre de ingenio. De tu listeza y de tu travesura necesito yo estos días, sin que me sea forzoso darte la condición, modo y sutileza física que te di al traerte de Durango a Madrid. Tal como eres y en compañía de esa moza chiquita y romanticuela, que es ahora tu mujer adventicia, irás a donde yo te mande. Ya sabes que el Rey Amadeo sale hoy para una excursión a diferentes ciudades del Norte. Tú irás también por allá. Más te destino a una sola plaza, Santander. Me consta que van también para allá gentes peligrosas de uno y otro sexo. En fin, tú lo has de ver… Observa lo estrictamente verdadero; no me traigas acá mentiras adornadas». Sacó de entre sus ropas un taleguito, y me lo mostró con estas dulces palabras: «Apurando mis recursos te doy billete de ida y vuelta para ti y para tu chiquilla, y una suma prudente para el gasto de tres semanas. Toma. No tardéis más de dos días en poneros en camino. Buen ojo, actividad y criterio. Adiós».