Amadeo I
Amadeo I Ya me tenéis otra vez, lectores picarescos, oficiando de guindilla histórico, sin conmutación de mi ser físico en entidad peri-espiritual… Lo que se alegró mi Obdulia cuando en casa le mostré el saquito milagroso, no hay para qué decirlo. Veraneo, baños de mar, costa cantábrica, ¡qué porvenir tan poético y delicioso! En dos días arregló la romántica sus trapitos por el figurín más económico, y nos largamos con viento cálido en busca del viento fresco. ¡Por qué modo tan peregrino se habían realizado los deseos emigratorios de Obdulia y su anhelo de ambiente marino, conforme a la docta indicación del filósofo-médico Ido del Sagrario! En el estado de nuestro ánimo se nos representó como un paraíso la ciudad Cantábrica, que en aquel tiempo bien podría llamarse la ciudad harinera, porque su hermoso puerto se veía poblado de buques de vela cargando harina, o descargando los ricos frutos coloniales. Obdulia, que nunca había visto el mar, se embelesaba contemplando el grandioso muelle, el trajín comercial, los barcos de arboladura gallarda; y cuando en nuestro primer paseo vagoroso traspusimos el cerro de Miranda, la vista del Océano impetuoso colmó el estupor de la pobre muchacha. ¡Aquello sí era poesía!… ¡Aquello era el camino de América, el camino para todo el más allá terrestre y acuático!