Amadeo I
Amadeo I A los dos días de vagar por la ciudad y sus alrededores, probando distintos alojamientos, nos instalamos definitivamente en una casita del alto de Miranda, donde pagábamos dos pesetas por la habitación, y comíamos por nuestra cuenta. Éramos dichosos en aquella vida libre y modesta. Los dos íbamos a la compra, y Obdulia guisaba. Lo restante del día lo empleábamos en largos y deleitosos paseos: ya nos extendíamos hasta Cabo Mayor, y desde lo alto del faro contemplábamos el mar en toda su majestad y bravura, o bien, después de recrearnos en las hermosuras del Sardinero, íbamos a coger azucenas y clavellinas silvestres a la península de la Cerda. También dirigíamos nuestros pasos tierra adentro, revolviéndonos por toda la ciudad, entretenidos con la faena de las harinas en el puerto, o viendo el arribo de las lanchas pescadoras.