Amadeo I
Amadeo I Nada me sulfuraba tanto como que me llamaran chiquitín. El miniatura me sonó como la injuria más grosera y soez… Viendo al tío gandul alejarse hacia los Consejos, hice juramento mental de romperle la crisma o el hueso palomo donde y cuando le cogiera… La inesperada emergencia de aquel gaznápiro fue la mueca repugnante con que el Destino me anunciaba una reata de infortunios: al siguiente día me tocaba entrevista con Obdulia, y Obdulia no fue. Busquela en la calle del Sacramento, paseando desde las Monjas de este nombre a la plazuela del Cordón, y el eclipse de mi linda muñeca en la calle como en nuestro nido me colmó de amargura y despecho. El jicarazo lo recibí aquella misma noche en mi casa por una carta que me llevó Celestina. ¡Oh ansiedad, oh enigma fatídico! ¿Qué diría la carta? Pues la carta, con el lenguaje burlón de sus garabatos, esto decía: