De Oñate a la granja
De Oñate a la granja —¡Pues no se han de atrever! Y el día en que toquen a desarmar, veremos a los bravos milicianos escondiéndose en las carboneras de sus cocinas o entre las faldas de sus mujeres… Ya pasaron los tiempos de la vergüenza miliciana. Ya no hay un D. Benigno Cordero, comerciante de encajes, que con un puñado de valientes sacuda el polvo a toda una Guardia Real en el Arco de Boteros.
—Poco a poco —dijo el sargento incógnito—, no se permiten alusiones maquiavélicas… La Guardia de hoy no es como la de ayer, órgano del despotismo. Hoy la Guardia es o será órgano del pueblo…
—De Móstoles querrá usted decir.
—Digo y repito que el Segundo Regimiento, por lo menos, no rendirá parias al absolutismo.
—¡Hombre, parias…!
—En el Segundo Regimiento, que es el más ilustrado, reina un espíritu…
—¿Cómo es ese espíritu? —dijo Serrano—. No será el espíritu del siglo, que ese lo tienen cogido los moderados.
—Un espíritu… muy bueno.
—Entonces será el de vino, que es el mejor que se conoce».