De Oñate a la granja

De Oñate a la granja

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—No creo que nos suelten hasta que se abran los Estamentos. Están locos… Créame usted, amigo Calpena: prenden a treinta o cuarenta por aquello de que vea Palacio que miran por el orden, y mientras usted y yo, y otros mártires del despotismo, nos aburrimos en este pandemonio, cientos y miles de compañeros trabajan fuera de aquí por la causa del pueblo, sin meter bulla. Yo soy de los que dicen: revolución, revolución, y siempre revolución.

—Siempre, siempre. Vengan terremotos, y encima… el diluvio.

—Lo que es ahora no tardará en estallar el trueno gordo. ¿Y qué me dice de la guarnición? ¿La tenemos ya bien catequizada?…

—¿Sé yo acaso…?

—¿Que no sabe…? ¡Bah, Sr. Calpena, misterios conmigo! Si aquí todos somos unos… todos apóstoles de la revolución, y cada uno trabaja en su terreno».

Comprendiendo que aquel tipo le tomaba por un conspirador de oficio, Fernando siguió la broma: de algún modo le convenía justificar ante el vulgo su permanencia en la cárcel. Prisión por patriotismo, antes enaltecía que deshonraba.

«Pues sí —dijo tomando el tonillo y los aires de un perfecto muñidor de motines—, el Ejército es nuestro.


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