El 19 de Marzo y el 2 de Mayo
El 19 de Marzo y el 2 de Mayo —Déjeme entrar. Vengo a que me fusilen.
El centinela me miró con lástima, y apartome con la culata de su fusil.
—¡Tienes lástima de mí —continué— y no la tienes de los que busco! No, no tengas lástima. Yo quiero entrar. Quiero ser arcabuceado con ellos.
Fui nuevamente rechazado: pero de tal modo me dominaba el deseo de entrar, y tan terriblemente pesaba sobre mi espíritu aquella horrorosa incertidumbre, que la vida me parecía precio mezquino para comprar el ingreso de la funesta puerta, tras la cual agonizaban o se disponían a la muerte mis dos amigos.
Desde fuera escuchaba un sordo murmullo, concierto lúgubre a mi parecer, de plegarias dolorosas y de violentas imprecaciones. Yo tan pronto me apartaba de la puerta como volvía a ella, a suplicar de nuevo, y la angustia me sugería razones incontestables para cualquiera, menos para los franceses. A veces golpeaba la pared con mi cabeza, a veces clavábame las uñas en mi propio cuerpo hasta hacerme sangre; medía con la vista la altura de la tapia, aspirando a franquearla de un vuelo; iba y venía sin cesar insultando a los afligidos circunstantes y miraba el negro cielo, por entre cuyos turbios y apelmazados celajes creía distinguir danzando en veloz carrera una turba de mofadores demonios.
Volvía a suplicar al centinela, diciéndole: