Episodios nacionales para ninos
Episodios nacionales para ninos Desgraciadamente no fue así, porque los malditos tíos, o lo que fueran, resultaron al modo de unos ogros o carlancos de la misma procedencia fantástica y cuentista de esta infantil historia. No sólo martirizaban a la ideal criatura, sino que se valían de ella para expoliar a la casa ducal, amenazándola con la publicación de secretos papeles. Esto lo hacían con un curial llamado Lobo, y que lo era por la ferocidad de sus dentelladas contra personas ricas, valiéndose de documentos privados, que allegar sabía con sutil travesura… Pues bien, yo fui el descubridor de estos enredos infames de los tíos o tiorros, y del mal trato que daban a la inocente princesita. Y descubierto por mi agudeza el delito me sentí príncipe, me sentí paladín de cuento azul, y realicé la más bonita y arrogante hazaña que podéis imaginar. Los tiorros eran unos tenderos de la calle de la Sal, hermano y hermana. Pues yo, con el auxilio de un chico que en la tienda servía, llamado Juan de Dios, robé a la princesa, y ello fue como si la sacáramos de un estrecho y ahogado castillo. Debieron ayudarnos invisibles genios, sinfos y gnomos, que habitaban en recónditas grutas de cristal. Sacamos a la tierna criatura, y con el respeto y devoción que inspiran las cosas santas, como si lleváramos en nuestras manos la hostia consagrada, la condujimos a la casa en que, a la sazón, vivía el curita don Celestino, y en las manos de éste, tan puras como las de los ángeles, entregamos la persona de Inés.